jueves, 26 de abril de 2012

Nuevos "Jonases" para las nuevas Nínives


Nuevos “Jonases” para las nuevas Nínives

O la pregunta de por qué ser misionero es cuestión de ir a la otra orilla …

La Vida es movimiento continuo. Ese es su más grande distintivo: dinamismo, movilidad. Nada de lo que tiene vida permanece estático. Árboles y selvas, ríos y mares, grandes bestias salvajes, ¡todo lo creado! está en movimiento.
El Evangelio genera vida, porque brinda vitalidad, fuerza… Porque ANIMA; y por ende, genera movimiento, y ruptura con todo aquello que atenta contra la vida, con todo aquello que produce estancamiento, aburrimiento, y rutina. Todo lo que no genera vida, se opone al Evangelio. Por eso la Buena Noticia es comparable al viento que sopla, a los lirios de un campo, a la luz que alumbra chispeante en medio de la sala, a la mujer que barre la casa, a la levadura que crece, a la semilla que muere y genera vida…
Frecuentemente vemos a Jesús en movimiento, cruzando senderos, caminos, “cruzando hacia la otra orilla” de los límites culturales y religiosos.
En el Evangelio, sufrir algún tipo de parálisis, quedarse al borde del camino, es sinónimo de inamovilidad y de muerte. Por eso, restaurar la vida, significa para Jesús “poner en movimiento”, romper con las ataduras de la comodidad, la indiferencia, acabar con “el siempre se ha hecho de esta forma y no es posible cambiar”.
 Bajar, subir, acercarse, cruzar, caminar… son verbos en estrecha relación con la Buena Noticia.
¿Cómo ser  fieles a ella, y permanecer sentados? ¿Cómo ser fieles a ese Buena Noticia, y continuar siendo los mismos instalados de siempre, medio moviéndonos sólo si alguien toca “nuestros intereses”?
Buscar Señales
Puede ser una excusa, una manera de dejar en Dios mis responsabilidades para conmigo: la responsabilidad de ser plenamente humano y hermano (de los demás seres humanos y de TODA la creación).  “Que Dios hable”, “Que Dios me diga lo que DEBO hacer”. Porque siempre los demás (mis padres, mi cultura, mi religión) me han dicho lo que DEBO y lo que  No debo hacer.

Por muchos años yo estuve buscando esa “voz” de Dios. Yo QUERIA que Dios me hablara directamente. Y le buscaba a través de signos, símbolos, visiones. Buscaba la Voluntad de Dios, sin contar con mi PROPIA voluntad. Pero Dios no habla en secretos, ni hace portentos, ni produce signos milagrosos en el cielo. Me costó mucho entender esto, y fue doloroso también. Me costó entender que la presencia de Dios no produce temor, ni visiones infernales, ni dolor. Dios se manifiesta en lo sencillo, en lo simple, en lo humilde, en lo cotidiano. Es tan sencillo, que si no bajamos hasta lo sencillo, no podremos entenderlo. Mientras más nos preocupemos en subir, menos podremos "escucharle" porque Dios no está en los TRONOS de arriba, ni en las teologías mega-supra-divínicas, ni en las alabanzas meta-históricas e histéricas... Dios está en lo ordinario, en lo más humilde y escondido. Si miramos hacia arriba, no le veremos; pero si nos A-BAJAMOS, tal como ÉL lo hizo, entonces, y sólo entonces, ocurrirá el "milagro": cuando TODOS los seres humanos, y TODO lo CREADO empiece a hablarnos del CREADOR. Escuchar a Dios en TODO y en TODOS, es hacernos pequeños, es inclinarnos hacia lo humilde, lo poco, hacia todo lo que, aunque parece quebrarse, es fuerte, es eterno, es superior.
Creo que el Dios de Jesús, Padre y Madre, es tan frágil y tan humilde como una flor silvestre. Y creo que JAMÁS pasa sobre nuestra voluntad, ni nos violenta. Eso sí, Dios es PACIENTE, porque es AMOR y el AMOR es paciente...


Cuando buscamos y queremos algo, cuando DESEAMOS algo, la vida nos brinda las oportunidades y los espacios para alcanzarlo. La vida nos pone en situación, pues es dinámica, abierta, fluyente.



Buscando Señales fuera: Si estás pendiente de lo que ocurre fuera de ti, te pasarás la vida esperando cometas, apariciones de la virgen, que brille el sagrario, que la vela se derrita en forma del corazón de Jesús, que llueva escarcha, que caiga azufre, que las estrellas hablen, que el santo sepulcro se levante, que Fátima te revele el tercer secreto.... ETC. Todo eso forma parte de una espiritualidad ingenua e infantil, pero que para nada es sencilla y pequeña. Una espiritualidad de la sencillez, como el caminito de Teresa del Nino Jesús, por ejemplo, es una espiritualidad para adultos, para gente crecida y madura, para hombres y mujeres humanizadas y libres en la fe. Pero una espiritualidad infantil, implica andar por la vida profesando como bobos credos que ni entendemos, arrodillándonos y parándonos, parándonos y sentándonos para volvernos a arrodillar, sin entender nada. Una espiritualidad de gente adulta, consiste en no buscar señales, sino en ser SIGNO y SEÑAL de la presencia del Resucitado en el mundo.

El Signo de Jonás: A Jesús le pedían señales que avalaran su actuación y su enseñanza. Le exigían un signo extraordinario que fuese incuestionable, pero él sólo se limitó a contestar: "a esta generación no se les dará otra señal que la del signo de Jonás" (Mt 12,38-42; Lc 11,29-32).





La interpretación más tradicional acerca del “signo de Jonás” apunta a la muerte y resurrección de Jesús: “así como Jonás estuvo tres días en el vientre del pez, así Jesús estuvo tres días en el vientre de la tierra antes de resucitar”.
Pero hay otra interpretación. El ANUNCIO a los no-creyentes y su posterior conversión. La SEÑAL de Jonás, es SER ENVIADO. La SEÑAL de Jonás es la Misión. Jonás, a pesar de negarse una y otra y otra y otra vez, termina donde Dios le pidió en un principio. Y termina allí en medio de los "paganos" para demostrar el amor y la misericordia de Dios. Pues los "paganos" de Nínive terminan creyendo y aceptando a Dios mucho más fácilmente que el mismo Jonás, mucho más fácilmente que el “pueblo escogido”. La SEÑAL de Jonás es aceptar que la salvación no está sólo en manos de unos pocos, sino que la salvación es UNIVERSAL, y que sobrepasa toda religión y todo credo. Esto es harto difícil de entender en ciertos ambientes católicos, donde aún se piensa que sólo nosotros somos los depositarios de la fe, y que sólo nosotros somos los salvados y los salvadores. Por eso, por esta concepción tan reduccionista, mucha gente se pregunta "¿por qué ir a África o a la China si hay tanto que hacer aquí?".  ¿Qué significa "Tanto que hacer aquí"? ¿Comodidad? ¿Prestigio? ¿Poder? ¿Qué nos sucedería si un día pasamos hacia la otra orilla, vamos hacia otras fronteras, a pueblos donde es imposible “predicar” en público, en países donde cualquier signo religioso es perseguido? ¿Qué pasaría si un día nos quitan la enseñanza católica en las escuelas, o construyen una Mezquita frente a nuestra casa, o prohíben los crucifijos por el lenguaje violento que encierran? ¿Se acabaría entonces el cristianismo, la fe en Jesús, la esperanza en la Buena Nueva? Cuando se es mayoría, es fácil no comulgar con otras creencias, es fácil señalarlas y descalificar al que piensa o expresa su fe de forma distinta, o al que ha elegido una manera de vivir diferente de lo que se ha etiquetado como “normal”. Pero cuando damos el paso “hacia la otra orilla”, y convivimos con las minorías, con los desplazados, con los marginados; cuando somos nosotros mismos, minoría, entonces, nuestra mente se amplía, y nuestro corazón se ensancha. Entonces, las respuestas que damos nos sorprenden, porque tal vez no es la que esperábamos, o tal vez no ES LA QUE ESPERABAN LOS DEMÁS que diéramos. Porque ese es otro problema. A veces creemos que nuestras respuestas  tienen que agradar a los otros, y eso no es ser fieles a nuestro llamado. Si DAMOS respuestas que agraden a TODO el MUNDO, agradaremos a TODOS, pero seremos infelices nosotros... 



El SIGNO de Jonás es ir hasta los últimos, hasta los más humildes y pequeños... Es A-BAJARNOS para encontrar a Dios en lo sencillo.

Dios está aún en lo que no parece humano, y en todo lo que es distinto a nosotros, porque está marcado con las cicatrices del sufrimiento, la guerra, el hambre, la pobreza, la discriminación. Dios está en los “eunucos” de este tiempo, que como el etíope ministro de la reina Candaces (Hech 8,26-40) aceptó la Buena Noticia con alegría y libertad. A pesar de ser un “perro extranjero”, a pesar de ser “la mitad de un hombre”, aceptó el mensaje liberador, para ser mensajero también de esa Buena Nueva.
El pueblo de Nínive hoy, son los marginados que viven en situaciones infrahumanas en Venezuela, en África, la China, Camboya,  Honduras, India, Costa Rica (y en más del 80% de la humanidad que viven sin los más mínimos recursos). Los Ninivitas de hoy no necesitan catequesis, o cantos de alabanza, o procesiones majestuosas, o apariciones marianas. Los Ninivitas de hoy necesitan nuestra presencia, nuestro consuelo, nuestro amor, nuestra esperanza.
Si “hay tanto qué hacer” significa comodidad y conformismo, eso no es ser coherentes con el Reino que Jesús predicó. Predicar el Reino es vivir en dinamismo, es salir de la comodidad, es ser los JONASES que este mundo necesita.



miércoles, 11 de abril de 2012

Presencia es amor, es sentido, es desafío.

Por Miguel Granados
Misionero laico de la SME (Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec) original de Costa Rica

Invitado a reflexionar en este tiempo de gracia y al estar cumpliendo once meses de estar en Camboya, veo oportuno compartir un pensamiento-sentimiento que busca desahogar un corazón inquieto, soñador, a veces ansioso y a veces roto, pero siempre lleno de ilusión, de esperanza, inflamado por el cariño del buen Padre que me ama a través de todos los que me rodean, me recuerdan en sus oraciones y momentos diarios, de todos los que encuentro en el camino, los que me cuestionan y desafían. Haciendo un alto en el camino, tomo el tiempo para mirar alrededor, para escuchar, para sentir y percibir todo aquello que ocurre en el mundo, pero especialmente en mi propio mundo, entonces miro también hacia adentro y empiezo a acoger cada reacción, cada sentimiento de alegría o tristeza, motivación o frustración, cada movimiento interior que me cuestiona y me hace descubrir nuevas transformaciones provocadas en mí por ésta experiencia que El Señor generosamente me obsequia.

Vivir la misión en Asia según lo que yo había escuchado tiempo atrás, se trataba de estar presente en medio de las gentes, compartiendo con ellos su diario vivir, aprendiendo de su cultura y alimentándose de su mismo pan, en teoría, nada que significara grandes sacrificios y mas bien un modelo que invitaba a la aventura y al deseo de compartir toda la sabiduría acumulada con los años de proceso, discernimiento y formación.
Precisamente, llegando a Asia y concretamente a Camboya, me he ido dando cuenta que vivir la misión aquí no es otra cosa que estar presente, vivir con la gente, conversar con ellos, descubrir su cultura, comer algunas de sus comidas y dejarse cuestionar cada día por todos los acontecimientos que se derivan de ello, pero de escuchar e imaginar la experiencia a vivirla como tal es algo muy diferente y la distancia que separa imaginación de vivencia pareciera ser abismal.
Deseo enfocarme en una palabra concreta para describir el mayor de los desafíos que como misionero he descubierto en Camboya hasta el día de hoy: “presencia”, ésta palabra que en un principio significaba “estar” mientras el tiempo pasa, hoy significa ofrecer lo mejor de mí y no solamente cuando voy a aprender el idioma Khmer, cuando comparto con los jóvenes estudiantes el conocimiento adquirido del idioma Inglés o cuando comparto y aprendo con los jóvenes de un proyecto de desarrollo para personas con discapacidad auditiva; ser presencia significa transmitir el amor edificante y dignificante de Dios presente entre los hombres cuando voy al mercado, cuando camino por la acera al tiempo que evito a los motociclistas que se suben a ella para avanzar más rápido, cuando regateo con los señores que ofrecen el servicio de transporte en sus moto-taxis llamados “tuc-tuc”, cuando converso con la señora que nos colabora en la limpieza de la casa algunos días por semana, en fin, ser presencia las 24 horas del día, siendo yo mismo, uno mas en medio de ellos llamado a hacer la diferencia a través de pequeños detalles ofreciendo una presencia dignificante, constructiva y esperanzadora y no solamente la presencia de un extranjero que ha venido a hacer, a decir o a dirigir; presencia de calidad y no de cantidad despojándome al mismo tiempo de aquellas ideas que decían que yo soy el que sabe, el que enseña, el que tiene experiencia; presencia de un Dios vivo que ama, educa, levanta, motiva y dignifica.

Ser misionero en Asia requiere de un espíritu de apertura al aprendizaje diario, a un proceso lento y pesado de inculturación, un espíritu de acogida a los errores y limitaciones propias de cada uno, ganas de crecer, disposición para dejarse marcar por el día a día y redescubrirse a sí mismo con frecuencia; ser misionero en Asia es ciertamente un desafío apasionante, una experiencia llena de riquezas que difícilmente se describen con palabras y una vivencia en donde ser presencia de Dios, se convierte en todo por lo que se lucha y se trabaja diariamente.

Con afecto, Miguel Granados






Les invito a ver los siguientes enlaces en Youtube, dos videos donde Miguel Granados nos cuenta más sobre su experiencia en tierras Camboyanas

http://youtu.be/Sa37YHUBAyk

http://youtu.be/vXBBq0cWCSc

te invito a ver más en:

sábado, 7 de abril de 2012

Este es el día en que todo comienza de nuevo





Escena Final de la Obra: Y todo comenzó en Galilea

Este es el día... el Octavo día... Donde todo es posible, donde todo comienza de nuevo...

Este es el día... donde la tristeza es vencida, donde el dolor se convierte en gozo,
donde la flor renace desde el pasto seco...
Este es el día... el día de la nueva aurora, el día primero donde el miedo huye, donde el temor se transforma en gallardía, y nos crece.
Este es el día, la hora, el momento, de ser humanos, hermanos, de ser completos...


Narrador - Por la proximidad del sábado, ni siquiera pudo el cuerpo de Jesús recibir el tratamiento que se debía.

La noche avanzaba profunda… ¿Cuántas horas habían pasado ya? Por toda Jerusalén se comentaban los últimos acontecimientos. Y todo nos indicaba que la situación era mucho más delicada ahora para nosotros. El aguijón de la muerte amenazaba con atravesarnos las manos, el cuerpo, el alma.

En casa de José, hijo de Alef, nos reuníamos un grupo de discípulos… ya alboreaba el primer día de la semana. Era urgente reorganizarnos, era necesario un plan a seguir.

(Todos están juntos, llenos de una profunda tristeza. De pronto, se escuchan golpes en la puerta… firmes, rápidos. Todos se miran con sospecha. Era la hora de la molienda del trigo. Golpes en la puerta)

Mujer - En nombre del Dios bendito, abran –  (Es Miriam mujer de Simón el Alfarero, acompañada de mi Marta y de Ruth, la hija de Timeo el cananeo. Sus ojos están llenos de temor y asombro, y al mismo tiempo  de gran felicidad)

Miriam - ¡No está el maestro! ¡No está el cuerpo del Maestro! La piedra estaba removida, y no está el maestro.

José - ¿Qué dices mujer? ¿Estás loca? ¿Acaso tantas lágrimas te han secado el cerebro?

Marta (Eufórica) - ¡Él vive! María y otras mujeres lo han visto… y hemos ido a  informarles a todos sus discípulos lo que en el sepulcro hemos visto y oído.

Ruth - Yo vi los ángeles

Miriam-  El Maestro vive. No estamos locas. Yo no fui al sepulcro. No he visto la roca removida, ni los lienzos en el suelo… Pero siento la presencia del Maestro, mi Señor, entre nosotros. ¡Él vive! Lo vimos colgar del madero, tomamos su cadáver en nuestros brazos, limpiamos su sangre con nuestras manos. Cubrimos su cuerpo con mortajas. Más ¡Vive! Ha resucitado. Como lo dijo, como lo dicen las escrituras: ¡Vive! Y para siempre. Ya nadie podrá tocarle otra vez para darle muerte. ¿Quién lo arrebatará de la gloria? No está aquí, en este mundo. No está ya entre nosotros, y sin embargo es más de nosotros. ¡Está aquí! Y debemos volver al principio, a Galilea, y llevar su mensaje y su evangelio a todos los rincones de la tierra hasta el fin de los tiempos. Él ha resucitado y ahora todo adquiere pleno sentido. Él ha resucitado y llenará de vida nueva todas las cosas. ¡Él nos ha ganado la victoria!

Y al final se oyó como el susurro de una brisa suave.

Era como un soplo que refresca…

Como el aliento de un padre en la frente de su hijo,

O como el beso de una madre en la mejilla…
Y allí, en medio de la calle, en la esquina,
se oyó la voz de arriba que decía: está aquí, el Resucitado...
No lo busques en los templos blanquecinos,
no lo busques en señales extraordinarias...
Está aquí, en este mundo, sembrado como semilla,
hecho pan de esperanza,
hecho mujer,
hecho obrero,
hecho niño
El Resucitado, no está allá en los milagros sin natureleza, no.
Está en el milagro constante de la vida,
en la flor que florece
en la brisa que calma
en la voz que canta
en la lágrima que fecunda el perdón
en la esperanza que no se parte
en la rebelión de los oprimidos
en los que luchan por la paz
por el amor, por la justicia
por la igualdad...
en los que escriben sin censura
en los que sueñan arando la tierra
en los que rompen
las piedras de la opresión y las autocracias



Pues el Reino de Dios hay que amasarlo entre todos como se amasa el pan


miércoles, 28 de marzo de 2012

La Venida del Rey


La Venida del Rey

La Ciudad entera está alborotada. Un pandemónium de reporteros ávidos de noticias, de ministros y ministerios organizándolo todo, dejándolo todo limpiecito, “para que no quede huella de nada”. Agitación en cada esquina de la Gran Metrópoli: gente que va y viene, y todos con el mismo pensamiento en mente: ¡Pronto vendrá el Rey!

Sí. Pronto estará acá entre nosotros. Es lo que anuncian las grandes vallas publicitarias en cada avenida, es lo que cantan los niños en los coros de las escuelas, iglesias y capellanías. Pronto estará el Rey, y sólo unos pocos privilegiados asistirán al gran banquete oficial. Es la primera vez que el Rey nos visita; no sabemos su carácter, su talante; conocemos de él, sólo de oídas. Pero… Pero… ¡Pero es el Rey! Así que tiene que ser gallardo, magnífico, extraordinario. Como todos aquellos que son sus embajadores en todas las ciudades y poblados de su reino. Tiene que ser especial, único, tal vez algo extravagante, como lo son ésos que el mismo Rey – según dicen – ha puesto de cuidadores y centinelas de su pueblo.

Las peluquerías, spas y demás centros de belleza están abarrotados; tiendas donde se exhibe lo más fashion y cool del momento están a reventar. Modistos, diseñadores… todos tienen trabajo a galope.

El pueblo aguarda, el populacho permanece  bien lejos, bien atrás… mucho más allá de la alambrada de seguridad, mucho más allá de la custodia, guardia de honores, oficiales, jerarquía militar, jerarquía eclesiástica…

Altos dignatarios, nobles, realeza. Damas de la sociedad; niños y niñas de bien, además de los distinguidos caballeros. Todos ellos, todas ellas, representantes de la “crema y nata” de la sociedad, asistirán al gran banqueta real, en honor del Rey.

En silencio, la gente recuerda una y otra vez, las normas de etiqueta; ¡no vaya a fallar algo en el último momento! Se ultiman hasta los más mínimos detalles.

La prensa está lista. ¡Es el notición del momento! Los niños de bien afinan sus voces. Todos ellos forman parte del coro místico-angelical catedralicio de “voces blancas” (no por ser voces propiamente infantiles, sino  porque todos ellos son blanquitos bien blancos) que entonará el “Salve Excelsis Rex” al momento de arribar el magnánimo dignatario, el Supremo Rey.

La ciudad respira fiesta. Flores por doquier.

En la fuente principal de la plaza mayor, frente a la opulenta Basílica,  una señora, una de las tantas decoradoras de la fiesta, recuerda el zaperoco de hace apenas un mes: en todas las calles y plazas públicas se leyó el Edicto Real:

“Ciudadanas y ciudadanos todos y todas de la Ciudad de la Alegría. Apreciados hermanos y hermanas. Uno de los sentimientos más nobles y hermosos en el ser humano, es la alegría. Sólo los seres humanos tenemos la capacidad de reír… La risa es reflejo de la alegría, y ambas no son fruto de los excesos, del bullicio o de la pompa. La alegría no puede decretarse. Y la risa no puede ordenarse. Son sentimientos que brotan de la verdadera fiesta, son emociones que nacen de la auténtica celebración: la fiesta de la vida.

Ciudadanas y ciudadanos del pueblo de la Alegría. Me he enterado de que entre ustedes ya no reina la paz ni la concordia, y que por eso, ya no habita en medio de ustedes, la tan ansiada alegría. La tristeza abunda entre los pobres, los lisiados, los marginados, y los excluidos. La tristeza abunda entre las mujeres maltratadas, muchas de ellas viudas con maridos vivos. La tristeza, la pena y el dolor, habita entre los extranjeros que son explotados por indocumentados, entre los niños huérfanos de una sociedad desigual, que sus normas injustas, sus leyes retrógradas y populistas, su religión del terror y la sombra, y sus decretos que sólo generan vicios, y en general, su sistema todo, han producido.

Estos comentarios sobre ustedes, antigua y pacífica Ciudad de la Alegría, me han llegado sólo de oídas. Por tanto, dentro de un mes exactamente, les estaré visitando en persona para constatar lo oído, y realizar así los correctivos necesarios.

Con mi bendición, el Rey”.

Tras la lectura del decreto, el estruendo general en la ciudad era indetenible; ¡hasta las mismas piedras temblaban!

¿Cómo era posible que se dijera tal cosa sobre nosotros? ¿Cómo era eso posible? Esta distinguida y noble ciudad… ¡mancillada de tan vil manera!

E… Era… Era verdad, sí, que teníamos unos cuantos pobres, otros tantos mendigos… Pero ¿acusarnos a todos de la desgracia de esa gente floja y vagabunda? ¿Acaso su misma condición no reflejaba que eran gente de tercera, o tal vez de segunda?



Otra señora, obrera de una fábrica de cemento, recordaba… “Es verdad, es una acusación grave y “desinfundada” como dice mi patrón. Gracias a mi patrón he podido construir poco a poco mi casita. Gano siete reales a la semana, y con eso pude comprar los bloques que yo misma hago, a un precio solisdario: a quince reales el metro cuadrado. ¡Cómo van a decir que es por culpa de los patrones que hay tantos pobres por allí! De vez en cuando tenemos una ayudita en la fábrica, pues lo sueldos no nos alcanzan para comprar todo lo necesario en casa, por eso nuestros patrones nos dan unas cuantas bolsas gratis de comida. Además, nuestros hijos pueden trabajar con nosotras de vez en cuando, y ¡hasta pueden ganar lo mismo que ganamos nosotras!”.



Don Julio de los Santos Cielos Toro y Palacios, quien viene siendo sobrino octavo del tío abuelo de la hermanastra del primo del Rey – claro, hay que preservar ante todo el abolengo – vio aquel momento desde la oficina… “En las plazas públicas, en los centros comerciales, gran alboroto por la próxima visita del excelentísimo y distinguidísimo Rey”, eran los titulares de la prensa.

“Vaya – pensaba en voz alta Don Julio de los Santos Cielo Toro y Palacios- y todo este alboroto por chismes. Pero ¿cómo es posible que mi primo el Rey se haga eco de tan viles murmuraciones? ¡No parece familia mía! ¿Cómo nos va a culpar a nosotros de que existan niños tan mal nutridos? ¡La culpa es de sus madres! En mi empresa trabajan cuatrocientas cincuenta mujeres. Mientras más trabajan, más ganan. Es impensable creer que alguno de los hijos de mis trabajadores esté mal alimentado, ¡cuando cada mes reciben todos ellos un bono de alimentación que pueden canjear en mis supermercados, o en mis tiendas de comida!”.



Tras la notificación real, el consejo legislativo de la Ciudad se reunió en pleno.

“Es menester – intervino un diputado – que hagamos algo para aplacar la furia del Rey”.

“Pero el Rey siempre ha sido muy noble – objetó otro diputado -. Realmente no creo que el Rey venga en son de venganza, o a tomar represalias…”

 “¡Silencio! – Interrumpió el Ministro de Salud - ¡Usted seguramente es un vende patria! Usted diputado, es parte de esos que han ido a hablar pistoladas de nosotros al mismísimo Rey. Usted debe ser uno de los tantos conspiradores…”

El griterío duró horas… hasta que…

“Propongo – habló al fin el presidente del consejo – que se remodelen urgentemente las calles por las cuales pasará el Rey, y que se construya una urbanización popular con su nombre”.

“Y una gran plaza con un busto suyo que develaremos en una gran fiesta popular – acotó otro de los diputados.

“Pero – intervino un tercer diputado- ¿y qué haremos con los pobres, los enfermos, los mendigos, los niños de la ciudad que andan por las  calles? ¿Qué haremos con la delincuencia durante los días que dure la visita real? ¿Qué haremos si se nos va la luz en medio de una de las giras?

“¡Para los pobres, pues ropa nueva!” – gritó eufórico otro de los ministros presentes.

“¡Es más! Ropa nueva para todos” – dijeron a coro, precisamente, el ministro de Justicia y Seguridad y la ministra de Energía, para que no se hablara más del tema.

“Bolsitas de comidas populares para los pobres” – dijo el presidente del consejo.

“Con bebidas espirituosas para que celebren desde ya la venida del Rey” – propuso otro de los diputados.

“Y a los niños ¡Juguetes nuevos! – dijo otro.

“Así incrementaremos la producción y el consumo” – bromeó el ministro de educación.

“Ejem, ejem… - carraspeaba uno de los diputados, hasta ahora muy callado y pensativo - ¿De dónde sacaremos el dinero para todo esto?

El silencio se hizo presente…

Entonces, solemne, sentenció el presidente del consejo: “tendremos que subir los impuestos. Alegaremos razones de Estado. Nadie tiene por qué saberlo. Acaparamos un poco, aumentamos la demanda y subimos los precios. Ah, y de paso, nos aumentamos nosotros el sueldo… jajaja. ¿Están todos de acuerdo? Pues, con la señal de costumbre…”



Rodrigo José, un muchacho de apenas catorce años, huérfano de padre, veía las celebraciones un poco distante. “He visto a mi madre sufrir pacientemente… sacrificarse por mí y mis otros tres hermanos. Sé los trabajos que pasa; sé cómo  la explotan, y todo en nombre del rey. Me sé más que de memoria las salves al rey, las oraciones al rey, las alabanzas al rey, las predicaciones en honor al rey… ¡puaf! ¡Odio al Rey! Si yo fuera Rey, sería justo y bueno y noble. Si yo fuera Rey, no sería como son los otros reyes de este mundo”.

En el Cristal de la panadería real donde dubitativo observaba los pasteles, dulces y postres que se servirían en el gran banquete de esa noche, Rodrigo José vio reflejada una imagen detrás de él: un mendigo, cansado y golpeado, le observaba.

“Hola ¿Cómo te llamas muchacho? – le preguntó el mendigo.

“Me llamo Rodrigo José… a sus órdenes”.

“Rodrigo José, ¿podrías decirme qué celebran acá hoy?”.

“¿Es usted extranjero? ¿Acaso es usted el único que no sabe que hoy nos estará visitando el Rey? Nooooooooo, vale”.

“No Rodrigo José, realmente no lo sabía. Vengo de muy lejos.  Estoy cansado, golpeado por el polvo y el frío del camino. Vine a esta ciudad esperando encontrar ayuda, sonrisas, esperanza… pero desde que llegué, hace dos días, sólo he recibido insultos y amenazas.  No he probado un bocado en todo el día”.

“¿Y cómo se llama usted, Señor? – preguntó Rodrigo José.

“Emanuel”.

“¿Y de dónde viene?”.

“Del otro lado de los montes, más allá del mar”.

Ambos se sentaron en la acera de enfrente. Se sentaron allá, lejos, tal como usualmente viven.  Fue mucho lo que compartieron. Rodrigo José le habló de sus sueños, de sus proyectos. Emanuel, el mendigo, le observaba cariñoso.

La gente pasaba frente a ellos alborotada… todos hacia la avenida principal. Ya estaba próximo el cortejo real. Hombres y mujeres iban y venían. Pero Rodrigo y Emanuel eran un cero a la izquierda.

“¿Por qué tanta fiesta y alharaca para recibir a un rey? – Preguntó casi para sí Rodrigo José - ¿Por qué no hacer algo más sencillo? ¿Por qué dejar fuera a los pobres, a los enfermos, los marginados, a las mujeres, si supuestamente son éstos los preferidos del Rey? ¡Tanta celebración! ¡Tanta fachada! Si usted hubiese llegado el lunes, le habrían cortado el cabello, limado las uñas y puesto un traje nuevo… ¡Traje nuevo! ¡¿Traje nuevo para recibir al rey?! Un traje de mentira, una fachada como tantas. Si yo fuera rey… Si yo fuera rey, otra sería mi manera de actuar. No hablaría de amor, mientras censuro a los que piensan distinto. No hablaría de pobreza y caridad, mientras me visto de las mejores joyas y celebro con vino, y carnes exquisitas. No exigiría igualdad y respeto y justicia para otros pueblos, mientras mi pueblo vive sometido, sufriendo en silencio, atemorizado por mis ejércitos. Si yo fuera Rey, promulgaría la libertad para todos…”

“Si yo fuera rey – intervino Emanuel, el mendigo – te buscaría como consejero.

Ambos rieron.

Las trompetas sonaban… la fiesta estaba congregada.

De pronto… un oficial vestido de civil tocó su silbato. ¿Cómo era posible? ¿Un mendigo? ¡Ese harapiento y sucio mendigo en aquella ciudad, libre ya de pobrezas, piojos, suciedad, todo para gloria del rey!

Rodrigo José y Emanuel, el mendigo, alzaron vuelo. Policías tras los fugitivos. Voz de alto. Persecución por las calles atestadas de gente. Euforia… Se aproximaba el rey, se aproximaba el rey… y ese mendigo… ¡Ese sucio mendigo y ese muchacho!

Millones habían gastado “limpiando la ciudad”. ¡Y ese mendigo!

Golpes. Revuelo. ¡Y ese mendigo!



En el Palacio Real más allá del mar, todos preocupados. Hace una semana que el Rey se había marchado. Oh, ese Rey, tan extravagante, tan inventador… Y mira que disfrazarse de mendigo, ¡y que para ver los corazones de la gente!

Emanuel, el mendigo, fue expulsado y sacado de la ciudad. Rodrigo José estaba junto a él… pero muy poco pudo hacer. Ambos terminaron apaleados.

El alboroto fue grande.

“Soy el rey! ¡Les digo que soy el Rey al que esperan!”- gritaba Emanuel, el mendigo.

Autoridades políticas, militares, y sobre todo religiosas, se alarmaron. ¡Cómo se atreve éste a compararse con el Rey! ¡El rey que esperamos es otro!

Ante la proximidad de la llegada del verdadero rey, Emanuel, el mendigo, fue arrojado por un despeñadero del camino… quedando medio muerto y jadeante.

Rodrigo José fue hecho preso, él y toda su casa. Y todos, sin juicio previo, fueron sentenciados a treinta años de trabajos forzados por revolucionarios, saboteadores, conspiradores y blasfemos.



El cortejo real se aproximaba al pueblo. Expectación. ¡Ya viene! ¡Salve nuestro insigne rey!

El coro angelical catedralicio de voces blancas entonaban los himnos… ¡Alabado el Rey! ¡Alabado el Rey!

Caballos… limosinas… cortejo real en la avenida principal de la ciudad. ¿Cuál de aquellos será el Rey? – se preguntaba una Dama de Bien.

En la plaza principal, frente a la fastuosa y lujosa Basílica… el carruaje real se detenía. Silencio total. Bocas abiertas. Manos listas para aplaudir.

El carro real: alguien… un paso… ¡El rey! ¿El rey? Un funcionario real se acercaba a la tarima de la plaza principal. Silencio. El funcionario murmuró algo al oído del presidente del consejo. Cara de asombro. Mayor silencio. El funcionario real sacó de su bolsillo una carta con el sello real. ¿Nuevo decreto? Tomó el micrófono.

“Yo, el Rey del Gran Reino de Esperandia y Utopía… he estado entre Ustedes, noble pueblo de la Ciudad de la Alegría, desde hace dos días… vestido de mendigo”.

Atónitos. Boquiabiertos, quedaron todos.

¡Era nuestro rey! ¡Era nuestro rey!



Evidentemente, el rey fue levantado a lo alto. Fue llevado a la ciudad. Mandó encarcelar a los tramposos que estafaban al pueblo. Mandó derribar todos los tronos, todas las cátedras, todas las murallas que separan y dividen al pueblo en jerarquías y categorías. Liberó a los presos políticos, hizo traer de nuevo a los desterrados por el odio, la división, la pobreza, la delincuencia. Restituyó en sus cargos a los que fueron echados por ser honrados y fieles. Eliminó de un tirón todas las religiones de miedo y de terror inspiradas en su pensamiento, pero tergiversadas. Religiones que no predicaban justicia, libertad y amor, sino pecado, muerte y sumisión. Y luego, al final, cumplió la promesa que le hizo a Rodrigo José, mientras estaba disfrazado de mendigo, nombrándole su consejero.

(Frantere V: 25 de noviembre 2003 – 28 de marzo 2012)



Epílogo:

Un cuento antiguo pero siempre vigente. Un Rey que ama a su pueblo. Y unos “servidores” reales que en nombre del rey, fabrican ídolos y emporios de pobreza, religiones de miedo, dioses de espanto. Un Rey de la Justicia y el Amor, que aún vive la pasión de estar tirado en las zanjas de las callejuelas malolientes. Ese Rey vive la pasión de los pobres, de los que muerden el polvo, de las que no son nada. Ese Rey sigue allí, a las afueras, esperando que tú y yo nos levantemos para denunciar a los que fabrican miseria y se enriquecen a costa de ella.

Rodrigo José… sigue encarcelado. “Él y toda su casa”. Es uno de los tantos que mueren sin sol en las cárceles de Cuba, China, Venezuela, y otros regímenes totalitarios. Es uno de los tantos que reciben balas por exigir libertad en Siria, Argelia, Libia o Egipto. Es uno de los muchos que han recibido cachetadas y empujones por clamar libertad y “abajo el comunismo”. Rodrigo es parte de aquellos que ven la vida, “lejos muy lejos, más allá de los perímetros de seguridad, más allá de las barandas de protección y cercos, bien sea ideológicos o de concreto”.

Levantar a Rodrigo José, rescatarlo a él y a toda su casa, pasa por sujetar de la mano al Rey hecho mendigo, y juntos caminar siendo justicia y paz para todos los que nos rodean. Levantar al mendigo-rey tirado al borde del camino, es bajarlo de la cruz, es darle vida para que resucite, no “el último día”, sino cada día… es hacer justicia a los pobres y olvidados de este mundo.





Visita

sábado, 18 de febrero de 2012

Y le trajeron a UNA enferma


Escena de la Obra de Teatro: “Y todo comenzó en Galilea”

Para los Pascuos de San Joaquín

Original de Pedro E. Ramírez



(Por aquellos días le trajeron a Jesús  a UNA enferma en camilla)



Pedro (con un poco de vergüenza, le dice a Jesús) - Eh, Jesús, que me han dicho que mi suegra está bien enferma… Y acá parece que la traen, yo no quiero molestarte… Pero mi mujer, tú sabes cómo son las mujeres, un lata, cuando no les hacemos caso.



Jesús – Pero ¿qué tiene? ¿De qué está enferma?



Pedro – Nada Jesús. ¡Qué enferma ni qué enferma! Esa es una gran floja, y como sabe que hemos venido a la casa, pues se ha hecho la quebrantada para no preparar la comida, para que le tengamos lástima, y dejar sola a mi mujer haciendo los quehaceres…



Jesús – Pero Pedro, ¿tú piensas tan mal así de tu propia suegra?



Pedro – Ah, Jesús, que tú nunca te has casado, ya verás… ¡Yo conozco bien a las mujeres! Esos son achaques de vieja…



(La mujer de Pedro, las hijas de Pedro y tres vecinas más, traen la camilla con la doña, postrada y empapada en sudor febril).



Jesús (tocándola. Gesto de asombro entre los y las presentes) - ¿Qué te pasa mujer? ¿Cómo te sientes? ¿Qué te tiene así, postrada?



Suegra de Pedro – Ay, Jesús… Ay mijo… estoy enferma… enferma de ser… ¡Estoy enferma de ser mujer!



(Murmuraciones alrededor)



Gente - ¿Pero qué dice ésta?



Vecina – Ay, madre mía de mi alma, esta fiebre le secó los sesos ya…



Suegra de Pedro – Que estoy enferma de ser mujer… de cargar con esta cruz de ser sólo esclava de los hombres. Que si plánchame aquí, haz esto, busca el agua, tienes que preparar la cena que vienen todos mis compadres, pare los hijos, edúcalos, si salen maltrechos es tu culpa,  levanta la casa…  A las 4 me levanto para la molienda, a las doce me acuesto, después que todos han llegado, y siempre vigilo que jamás se apague el fuego en la lumbre… Noooo!!! Yo lo quiero es descansar, que me lleven ya a la tumba.



(Murmuraciones de las mujeres. Los hombres tienen los ojos en sus órbitas, a punto de estallar de la vergüenza. “Delirios de mente vieja”, piensan)



Jesús – Lo que voy a decirte… sonará extraño, tal vez será un escándalo… Pero es muy simple: Todos somos iguales. Nadie está para vivir encima, o permanecer debajo. En el Reino de mi Padre no existen desigualdades. Él quiere que todos vivamos libres, como hermanas, como hermanos. Nuestro Padre Dios, no quiere que haya jerarquías, que existan fronteras entre el hombre y la mujer. Todos tenemos que cargar con las responsabilidades del trabajo, la casa, la familia… con las responsabilidades de cada comunidad, de cada grupo…



Pedro - ¿Pero qué estás diciendo, Jesús?



Jesús – Lo que oyes, Pedro, lo que oyes. Que ya es hora de que ÉSTA tenga su propio nombre, que no sea solo LA DE… Que ya es hora de que las mujeres cuenten en esta sociedad, pues ellas tienen tantos derechos y tantas responsabilidades como nosotros…



(Jesús toma a la mujer del brazo y la levanta. La llama por su nombre. Ya no será más la “suegra de”… Y todos los hombres murmuran llenos de escándalo)



Jesús – Arriba, Doña Micaela, venga párese de allí, y no tenga vergüenza de ser mujer, venga, que Ud. ahora será también SERVIDORA del Reino, discípula también.



Hombre (al público) – Pero este hombre es un blasfemo. Él ha venido a abolir las leyes naturales que rigen el mundo, y que Dios colocó para que el mundo fuera perfecto…



Jesús - ¡Naturales! ¿Naturales? ¿Te parece natural la esclavitud, la dominación, el racismo, y la discriminación? ¿Te parece escandaloso que una mujer tome protagonismo en la sociedad, en las religiones, en la vida de los pueblos? Si esto te parece escándalo y no te escandaliza la muerte de tantos inocentes, de tantas niñas maltratadas, de tantas viudas con maridos vivos, entonces deberías revisar tu moralidad.



Hombres religiosos del pueblo - ¡Pero eso no es lo que nos enseñaron en la religión! ¡Eso no es lo que Dios quiere! ¡Estás pervirtiendo el orden natural de este mundo!



Jesús – El orden natural de este mundo es que todos, hombres y mujeres, vivamos con dignidad. Tengamos el pan de cada día. Lo natural, es el cuido de la tierra, de los árboles y animales, de todo cuanto existe y fue creado. Lo natural es cumplir con la voluntad de Dios, de que TODOS, TODAS y TODO tengamos vida, y vida en abundancia, de que el hombre no explote a otros hombres, de que respete el ciclo del agua, el ciclo de la vida, de que respete las normas que mi Padre, nuestro Padre, sembró en el corazón de cada hombre y cada mujer, antes del inicio de los tiempos…



Hombres religiosos (incluidos algunos de esos que se llaman discípulos) – ¡Blasfemo! ¡Vergüenza debe sentir tu padre, de un “hombrecito” tan extraño como tú! Tu madre debe estar encerrada en su casa, muerta de la pena y el dolor, de tener un hijo loco.



Jesús – Pues sí, estoy loco… lo han dicho. Loco porque haya justicia en esta tierra, loco porque se borren las fronteras que dividen y separan a los que son diferentes y distintos, a los que no son de nuestro grupo. Loco porque venga ese Reino de esperanza y amor prometido. Loco porque entendamos, de una vez y para siempre, que Dios no es Padre solamente, sino también Madre, y como Madre llena de ternura, cuida a cada ser, a cada hombre, a cada mujer, y nos quiere libres y responsables de nuestra vida. Libres para Vivir, sin normas absurdas, sin prejuicios, sin etiquetas, sin viejas esclavitudes disfrazadas de modernidad…



(Algunos aplauden el hecho, otros se vuelven llenos de ira… Y querían apedrearlo)



En Nairobi,  15 de febrero de 2012